Gérmenes



Los Estados Unidos acusaron a Irak de tener armas químicas mientras los científicos norteamericanos continúan publicando, con todos los honores, algunas de las propias en Nature. Cito:

"El gen en cuestión proporciona al amable y casi inofensivo virus original la capacidad de volver 'loco' al sistema inmunológico del huésped al que infecta y producirle hemorragias y graves inflamaciones hasta provocar su muerte".

La «doctora Germen», científica iraquí formada en Gran Bretaña, es prácticamente el demonio, mientras que los científicos de la Universidad de Wisconsin son, simplemente, "investigadores".




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La disección de la magdalena



Dos científicos estadounidenses han ganado el premio Nobel de Medicina 2004 por su investigación de los genes relacionados con el sentido del olfato, avanzando en el conocimiento de la memoria olfativa del ser humano. Como ya sucedió con las novelas de Julio Verne, estas investigaciones confirman que, de vez en cuando, la literatura se adelanta, de forma profética, a algunos estudios científicos, aunque solamente sea de forma anecdótica:

"Me llevé a los labios una cucharada de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo causaba..." (M. Proust, «En busca del tiempo perdido.1-Por el camino de Swann»)

El famoso pasaje de la magdalena de Marcel Proust, ejemplo del condicionamiento clásico de Pavlov, transportaba, al protagonista, a la felicidad de su infancia y producía ahora en el adulto de la novela la respuesta condicionada: un estremecimiento, un placer infinito que surgía inesperadamente del interior de la magdalena... Algo totalmente inexplicable para el protagonista. El diapasón de Pavlov y la magdalena de Proust. ¿Ciencias o letras? No: ciencias y letras. Saberes complementarios.




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El amor del científico ciego



Hay investigaciones que, sobre todo, sirven para aparecer en Google. Unos científicos muy listos quisieron demostrar que los sentimientos amorosos llevan a una supresión de la actividad en áreas del cerebro que controlan el pensamiento crítico y, tras la investigación, concluyeron que tanto el amor "romántico" como el maternal producen los mismos efectos en el cerebro, suprimiendo la actividad neuronal asociada con la evaluación crítica del prójimo y las emociones negativas". Uno de los experimentos consistió en escanear los cerebros de veinte mamás jóvenes mientras ellas observaban fotos de sus hijos, de otros niños conocidos y de amigos adultos. De la prueba dedujeron que "el patrón de funcionamiento de la actividad cerebral era similar al de las personas hechizadas por el enamoramiento: la eliminación casi total de la apreciación crítica de seres más amados". Qué teoría, qué gran descubrimiento, qué sólida deducción. Seguramente, eso explica por qué mis padres, "sin apreciación crítica", me obligaron a ir a la escuela, a la que yo no quería ir de ninguna manera. De igual forma, con esta teoría puedo interpretar la razón "poco crítica" por la que me dejó mi primera novia. Imagino que también debe de explicar por qué Pablo Neruda, tan enamorado, escribió los "Veinte Poemas de Amor y una canción desesperada", especialmente el verso "Me gustas cuando callas porque estás como ausente", unas palabras que, para los científicos, según su teoría, carecen de "pensamiento crítico".

Uno de los científicos promotores, el doctor Andreas Bartels, afirmó: "Tanto el amor romántico como el maternal son vistos por el cerebro como algo extremadamente positivo. De otra manera, la especie dejaría de propagarse". Me pregunto yo si el cerebro de todos aquellos que usan métodos anticonceptivos (y, por tanto, "sin apreciación crítica" no desean contribuir a la propagación de la especie), son capaces de ver el amor romántico como algo extremadamente positivo. "Nuestra investigación [prosigue el doctor] nos permite concluir que las relaciones humanas utilizan un mecanismo para superar las distancias sociales que desactiva las redes de evaluación social crítica y emociones negativas, al tiempo que une a los individuos al involucrarlos en un circuito de recompensa que explica el poder del amor para motivarnos y gratificarnos". Llegamos, pues, al núcleo de su teoría. Para el doctor, eso es el amor: un mecanismo. También lo es para la muerte. Un mecanismo.

A diario se publican este tipo de estudios en los medios de comunicación, cuyo objetivo último es aparecer, "sin apreciación crítica", en el post de un blog de alguien que, se supone, está enamorado. Son estudios que se caracterizan por tener la pretensión de ofrecer una pobre respuesta científica a situaciones sociales que, joder, de sobra están ya a la vista de todo el mundo: ¡ya sabemos que el amor atonta! ¿Hace falta poner patas arriba un laboratorio para saberlo? Ya sabemos que el amor nos excita como el chocolate, que es como una droga y otras chorradas similares que no hacen sino insistir en que deberíamos eliminarlo de la faz de la tierra porque su abuso es perjudicial para la salud.

Dicen los científicos que el mismo experimento se realizó con animales y que llevó a resultados similares. No me extraña. Fue cuando estos científicos se hicieron un escáner y descubrieron que ellos mismos estaban muy enamorados.




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Qué bonita es la jarosita



Desde la acampada de robots en Marte, la NASA, en su particular guerra marciana contra la ESA, viene anunciando supernoticias que finalmente nos defraudan. Resulta que se gastan millones de dólares y de euros en robots que envían a Marte para encontrar un mineral que ya se descubrió en Almería (España) hace más de un siglo. De hecho, se llama jarosita porque fue hallada en el barranco de Jaroso (Sierra de la Almagrera, Almería) por un tal Augusto Breithaupt. Dicen que la jarosita es un mineral que demuestra que alguna vez hubo agua en el mundo marciano. Por lo visto, existen una serie de reacciones químicas que, en climas muy áridos (desierto de Atacama, Chile; Outback australiano o en Río Tinto, Huelva), "pueden quedar interrumpidas dando origen a sulfatos férricos tales como jarosita, copiapita o coquimbita". Según científicos españoles, desde 1971 están descubiertos "cauces antiguos" en Marte y desde 1980 se contemplan evidencias de "cuerpos agua estables más o menos grandes, quizá no como un ocèano porque Marte es pequeño pero parece claro que los cráteres estaban inundados". En fin, que cualquier día encuentran el fósil de un caracol y dicen que alguna vez hubo caracoles en Marte.




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Contra la luz



Si es verdad existe una estrella 150 veces mayor que el sol, entre 5 y 40 millones de veces más brillante, que además no puede ser observada a simple vista, ¿por qué no hallamos o por qué se oculta vida extraterrestre que quizá sea 150 veces más grande que el ser humano, que quizá sea entre 5 y 40 millones de veces más inteligente que el ser humano, y que obviamente, si está a 45.000 años luz, no puede ser observada a simple vista? ¿Qué jerarquías, qué pérdidas, qué luces son éstas que arrastramos por los siglos de los siglos que nos hacen caer una y otra vez en esa minusválida obsesión que nos obliga a ser incapaces de mirar más allá, verdaderamente más allá de las estrellas, de la luz cegadora, más allá de la fe divina y ciega en una existencia infinita pero abarcable del universo? Hace calor. El sol inunda el huerto y lo borra. Me siento a la sombra de un naranjo y, tras unos instantes de ceguera, compruebo que mi visión mejora bajo la sombra. Por fin reducido a mí mismo, contemplo desde allí la naturaleza que me rodea. Me convenzo entonces de que somos piojos microscópicos durmiendo en la cabeza de Alguien que todavía no ha decidido rascarse.




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